Historia Abierta
Portada de Entre Mundos y Reglas
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Todas las edades

21

~6 min de lectura

Capítulo 5 · ~6 min

El cambio del destino y la liberación

Carlos apretó el libro contra su pecho. Sus dedos temblaban un poco. La tinta vieja parecía moverse bajo la luz tenue de la bodega. Sabía que esas páginas guardaban algo enorme. Algo que podía cambiarlo todo. Pero también sentía la responsabilidad clavada en sus hombros.

—¿Están seguros de esto? —preguntó Carlos, mirando a Lía y a Marcos. Sus ojos mostraban dudas, pero también un poco de decisión.

Lía frunció el ceño y se pasó la mano por el cabello, apartándolo rápido del rostro.

—No podemos quedarnos aquí escondidos mientras otros sufren —dijo—. Si no lo hacemos nosotros, nadie lo hará.

Marcos, que hasta entonces había estado callado, dejó caer una bolsa con herramientas al suelo.

—He pensado en todo —dijo—. Si algo sale mal, tenemos rutas de escape. Pero tenemos que intentarlo ahora.

Carlos asintió despacio, tratando de calmar el nudo en la garganta. Recordó la primera vez que abrió los ojos en ese mundo extraño, sin entender por qué estaba ahí. Ahora, con el libro en la mano, sentía que podía hacer algo real.

—Dividamos responsabilidades —propuso Marcos—. Lía y Carlos, ustedes preparan el ritual. Yo vigilaré la entrada y organizaré la defensa.

Lía soltó un suspiro y se sentó en el suelo con el libro abierto.

—No es solo un ritual —dijo—. Es nuestra oportunidad para que todos puedan usar su poder sin miedo.

Carlos tomó aire y se acercó a ella.

—Entonces, empecemos.

Mientras Lía recitaba las instrucciones del libro, Carlos sacó de su mochila unos objetos que habían conseguido en días anteriores: piedras, hierbas y un frasco con un líquido turbio. Los colocaron en círculo, siguiendo el esquema del libro.

Cada paso que daban hacía que la tensión en la bodega se sintiera en el aire. Afuera, los pasos y voces lejanas les recordaban que no tenían mucho tiempo.

—¿Qué pasará cuando termine? —preguntó Lía sin alzar la vista.

Carlos se frotó las manos, tratando de evitar que sudaran.

—Espero que todos puedan ser libres —dijo—. Pero no sé si los guardianes lo van a permitir.

Marcos asomó la cabeza por la entrada y les lanzó una mirada rápida.

—Se acercan —avisó—. Tienen que apurarse.

La voz de Carlos se hizo firme.

—Vamos a hacerlo. No importa lo que pase después.

Lía empezó a entonar las palabras del ritual mientras Carlos se concentraba en canalizar su energía. El aire en la bodega comenzó a vibrar y una luz azulada empezó a rodearlos.

De repente, un golpe fuerte sacudió la puerta. Los guardias estaban allí.

Marcos corrió hacia la entrada para bloquearlos, mientras Carlos y Lía seguían con el ritual. La luz creció hasta llenar toda la habitación.

—¡Ahora! —gritó Carlos, y con un movimiento rápido rompió el círculo, liberando la energía acumulada.

La bodega tembló y la luz se expandió como una ola, atravesando las paredes y llegando hasta las calles.

Los guardias se detuvieron, sorprendidos, y sus ojos mostraron confusión. Sin las reglas que los protegían, su poder se debilitó.

—No pueden detenernos —dijo Carlos, plantando los pies firmes—. Esto apenas comienza.

Lía lanzó una sonrisa agotada, mientras Marcos empujaba a los guardias hacia afuera.

La pelea fue rápida y caótica. Los guardianes intentaban recuperar el control, pero sin sus poderes intactos, no tenían ventaja. Carlos y sus amigos aprovecharon cada chance para defenderse y proteger el libro.

Cuando los últimos guardias huyeron, el silencio volvió a la bodega, pero esta vez era distinto. Algo en el aire había cambiado.

Lía se dejó caer en el suelo, jadeando.

—¿Y ahora? ¿Qué hacemos? —preguntó.

Carlos miró la entrada. Los primeros rayos del sol empezaban a entrar.

—Ahora tenemos que enseñar a todos que pueden ser libres —respondió—. Que el miedo no tiene que gobernar.

Marcos se sentó a su lado y pasó una mano por el cabello despeinado.

—Va a ser difícil —admitió—. No todos confiarán en nosotros. Algunos tendrán miedo.

—Pero al menos saben que no están solos —dijo Carlos—. Esto es solo el primer paso.

Lía asintió con una sonrisa.

—Entonces, vamos a prepararnos. La lucha no terminó; apenas comienza.

Los tres se levantaron, recogieron el libro y salieron de la bodega. Afuera, la ciudad despertaba y, con ella, la esperanza de un nuevo comienzo.

Carlos sintió que, aunque el camino sería duro, la libertad valía cada sacrificio. Miró a sus compañeros y supo que juntos enfrentarían lo que viniera.

—¿Creen que los demás estarán listos para esto? —preguntó Lía mientras caminaban por las calles vacías.

—No lo sé —respondió Carlos—, pero tenemos que intentarlo. Si no, todo seguirá igual.

Marcos se detuvo un momento y miró hacia el cielo que empezaba a aclarar.

—He visto miedo en los ojos de muchos —dijo—, pero también ganas de cambio. Eso es lo que tenemos que aprovechar.

Carlos miró el libro otra vez. Las páginas ya no eran solo palabras antiguas; eran la llave para un futuro diferente.

—Vamos a reunir a más gente —propuso—. Necesitamos aliados que crean en esto.

—Y entrenar —añadió Lía—. Nuestro poder es débil ahora, pero puede mejorar.

Marcos asintió.

—Si logramos que más se unan, podremos enfrentar a los guardianes con fuerza.

Carlos respiró hondo y sintió cómo el peso en sus hombros se hacía un poco más liviano. No estaba solo en esto.

—Entonces, el plan es claro —dijo con voz decidida—. Primero, reunir a los que quieran luchar. Segundo, entrenar. Y tercero, cambiar las reglas que nos han oprimido.

Lía sonrió y chocó los puños con Carlos.

—Empecemos hoy mismo.

Mientras caminaban hacia el centro de la ciudad, las calles empezaban a llenarse de gente. Algunos los miraban con curiosidad, otros con miedo. Pero en sus ojos, Carlos vio algo nuevo: la posibilidad de esperanza.

—No va a ser fácil convencer a todos —dijo Marcos—, pero esta vez la verdad está de nuestro lado.

—Y esa verdad es más fuerte que cualquier regla —concluyó Carlos—. Nos toca a nosotros hacer que se escuche.

La ciudad despertaba, y con ella, un nuevo destino. Carlos, Lía y Marcos sabían que la batalla apenas comenzaba. Pero también sabían que estaban listos para enfrentarla juntos.

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