Historia Abierta
Portada de Vivir o Morir por Justicia
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Capítulo 5 · ~5 min

Huir

Daniela avanzaba con cautela por el pasillo oscuro, sus pasos resonaban secos contra el suelo de madera. El aire olía a humedad y a algo viejo, como si la casa misma guardara secretos que no quería revelar. Tenía que salir de ahí, escapar de esa prisión disfrazada de hogar. Doña Inés le había prometido ayuda, pero Daniela sabía que en ese lugar nada era sencillo ni confiable.

—¿De verdad crees que esto funcionará? —preguntó Daniela, sin apartar la vista de la puerta lateral que Doña Inés abría con suavidad.

La mujer sonrió con una calma extraña, una sonrisa que no llegaba a los ojos.

—Confía en mí, Daniela. Nadie tendrá idea de que estuviste aquí. Será como si nunca hubieras entrado.

Daniela respiró hondo y asomó la cabeza al exterior. La noche estaba oscura, y una brisa fresca le rozó la cara, trayendo el olor de las hojas húmedas. Era el momento perfecto para desaparecer sin dejar rastro. Quiso aferrarse a esa esperanza.

—Gracias —susurró, apretando la mano que Doña Inés le ofrecía, esperando una señal de sinceridad.

Pero la mano que la sostuvo se soltó con rapidez. Los ojos de Doña Inés se volvieron fríos, duros, implacables. Fue un cambio tan rápido que Daniela apenas tuvo tiempo para reaccionar.

—No tan rápido —murmuró Doña Inés con voz baja, pero firme.

Antes de que Daniela pudiera moverse, la puerta se cerró de golpe detrás de ella, y un ruido metálico indicó que la habían cerrado con llave. Giró sobre sus talones, pero Doña Inés ya había tomado su teléfono y marcado un número.

El sonido del teléfono era agudo, cortante, y en segundos la voz al otro lado respondió.

—Gael sabe que intentas escapar —anunció Doña Inés, sin una pizca de remordimiento—. No tienes a dónde ir.

El pecho de Daniela se apretó. Intentó controlar el temblor en su voz.

—¿Por qué? ¿Por qué me haces esto? Creí que estabas de mi lado.

Doña Inés dio un paso hacia ella, la mirada fija, segura de su poder.

—En esta familia, Daniela, la lealtad es la única regla. Y tú no la tienes.

Daniela echó un vistazo rápido alrededor, buscando algo, cualquier cosa, para liberarse. Pero la puerta estaba firmemente cerrada y sus manos se posaron sobre la madera fría y lisa.

Desde el pasillo llegaron sonidos de pasos, lentos pero seguros, acercándose a la habitación. Daniela tragó saliva, la tensión le oprimía la garganta.

—¿Qué quieres que haga ahora? —preguntó, intentando ganar tiempo, buscando una oportunidad.

—Solo una cosa —respondió Doña Inés—. Entrégate a Gael. Acepta lo que viene.

La puerta se abrió con un crujido y apareció Gael Montenegro. Su expresión era impenetrable, una mezcla de dureza y una sombra de algo que Daniela no supo identificar.

—Pensaste que podrías escapar —dijo Gael con voz baja pero firme—. Pero aquí estás, justo donde te necesito.

Daniela sintió que el aire le faltaba. El mundo parecía estrecharse a su alrededor, sin espacio para moverse ni para respirar. No había aliados, solo enemigos disfrazados de amigos y una amenaza constante.

—¿Eso es todo? —murmuró con voz quebrada—. ¿Seguiré atrapada aquí?

Gael dio un paso hacia ella, sus ojos ardían con una intensidad peligrosa.

—Por ahora, sí. Pero si juegas bien tus cartas, puede que cambies tu destino.

Doña Inés cerró la puerta detrás de ellos, dejando la habitación en penumbra y un silencio tan denso que parecía pesar. Daniela miró a Gael, a Doña Inés, sintiendo que cada mirada era una cadena más que la ataba.

—¿Por qué me traicionas? —preguntó Daniela, con un hilo de voz.

Doña Inés se acercó y, casi susurrando, respondió:

—Porque nadie en esta familia puede permitirse debilidades. Ni tú ni tu hermano.

Daniela recordó a Tomás, la rabia se encendió en su interior y apretó los puños.

—¿Y qué hay de la verdad? ¿De la justicia? ¿No valen nada para ustedes?

Gael la miró, serio, sin responder. El silencio se volvió incómodo, cargado de promesas y amenazas.

—Habrá tiempo para hablar —dijo finalmente—. Pero ahora, necesitas entender que estás aquí para proteger algo más que tu vida.

Daniela frunció el ceño, sin comprender del todo, pero sabía que no era momento para preguntas.

Un ruido lejano les recordó que no estaban solos, que la casa respiraba con ellos, y que cualquier movimiento podría ser fatal.

—¿Qué vas a hacer conmigo? —preguntó Daniela, con una mezcla de desafío y miedo.

Gael dio la espalda y comenzó a caminar hacia una esquina oscura de la habitación.

—Mantenerte con vida. Por ahora.

Daniela se sentó en el suelo, la espalda contra la pared, tratando de asimilar la traición de Doña Inés y la frialdad de Gael. La noche se extendía sin promesas, y ella estaba atrapada en medio de un juego que no entendía, con enemigos visibles y otros ocultos.

La puerta se abrió de nuevo, esta vez para dejar entrar una sombra más. Daniela levantó la cabeza y vio la figura de un hombre que no esperaba, alguien que podía cambiarlo todo o terminar de hundirla.

Pero antes de que pudiera reaccionar, la luz tenue de la habitación iluminó la determinación en sus ojos. La lucha no había terminado, y aunque atrapada, Daniela sabía que aún podía pelear.

¿Quién podría confiar? ¿Quién era el verdadero enemigo? La pregunta quedaba flotando en el aire, mientras la noche se cerraba sobre ellos y el peligro crecía con cada segundo que pasaba.

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