Capítulo 9 · ~6 min
Traición
Gael estaba sentado en el despacho, la luz tenue apenas iluminaba su rostro cansado. La traición dolía más cuando venía de alguien cercano, y esa noche lo sentía con fuerza. Daniela, la mujer que había estado cuidando con desconfianza, parecía esconder algo más profundo. Él la miraba sin poder creer que ella, a quien había empezado a considerar una aliada, pudiera estar jugando su propio juego.
—¿Por qué no me lo dijiste? —preguntó Gael con voz fría, sin levantar la mirada del escritorio.
Daniela respiró hondo, cruzó los brazos y evitó sus ojos.
—No sabía si podía confiar en ti. Y ahora menos.
—¿Y qué esperabas? —replicó Gael, la voz cargada de decepción—. Que me quedara cruzado de brazos mientras me ocultabas cosas?
Ella mordió su labio, sin respuesta. La tensión entre ellos se cortaba con un cuchillo en el aire.
De repente, un estruendo rompió la quietud. Rápido, Gael se puso de pie, los músculos tensos. Daniela lo siguió, sin pensar, mientras la adrenalina empezaba a llenar sus venas.
—¿Qué fue eso? —preguntó, la voz apenas un susurro.
—Prepárate —respondió él, con la mirada fija en la puerta principal.
En un instante, la puerta fue derribada. Un grupo de hombres armados irrumpió en la casa, con movimientos calculados y rápidos. Gael empujó a Daniela hacia un lado, cubriéndola con su cuerpo.
—¡Al suelo! —ordenó, pero Daniela en vez de obedecer, se lanzó hacia una mesa cercana y agarró un jarrón pesado.
Sin dudar, lo lanzó contra uno de los atacantes, que cayó tambaleándose. La sorpresa les dio un respiro breve.
Gael sacó su arma y disparó al aire, tratando de intimidar. Pero los hombres no se detuvieron, avanzaron con determinación.
Mientras luchaba, Gael percibió algo que lo congeló: los gestos, las formas de moverse, incluso la ropa. No eran extraños. Eran conocidos.
—¡Son de la familia! —gritó entre disparos, reconociendo a uno de ellos.
Daniela levantó la vista, incrédula.
—¿De tu familia? ¿Quién haría algo así?
Antes de que Gael pudiera responder, uno de los atacantes lo empujó contra la pared. Daniela reaccionó sin pensar, lanzándose sobre el hombre con toda su fuerza. Sus manos encontraron su punto débil y logró derribarlo.
Gael se repuso rápido y se unió a la pelea, moviéndose con precisión y frialdad, pero sin dejar de cuidar que Daniela estuviera a salvo.
El enfrentamiento fue intenso y breve. Cuando los atacantes finalmente huyeron, dejaron tras de sí un desastre: muebles rotos, vidrios esparcidos y el eco de un peligro que no terminaría esa noche.
Gael, apoyado contra la pared, respiraba agitado. Miró a Daniela, sus ojos mezclaban gratitud y confusión.
—Te protegí, aunque no confíe en ti —dijo con voz áspera.
Ella asintió, sintiendo que algo había cambiado entre ellos.
—¿Quién crees que está detrás de esto? —preguntó mientras ayudaba a Gael a caminar hacia el despacho.
—Alguien cercano —respondió él, frunciendo el ceño—. Alguien con ganas de tomar mi lugar.
Daniela se quedó pensando un momento, tratando de encajar las piezas. La desconfianza había crecido, pero también la necesidad de unirse.
—Si alguien de la familia nos quiere ver muertos, tendremos que ser más listos —dijo ella con firmeza.
Gael la observó, y por primera vez, sin palabras, aceptó esa alianza tácita.
—No podemos bajar la guardia ni un segundo —agregó—. Esta casa ya no es segura para nadie.
—Entonces, ¿qué hacemos? —preguntó Daniela, mirando alrededor con nerviosismo.
—Primero, reforzar la seguridad. Segundo, descubrir quién es el traidor. Y tercero... —hizo una pausa, con la mirada fija en ella— —...confiar, aunque duela.
Daniela tragó saliva. Confiar en alguien después de todo lo que vivieron no era fácil, pero sabía que no tenía otra opción.
En ese momento, un ruido sutil llamó su atención. Un leve crujido provenía del pasillo.
—¿Qué fue eso? —susurró Daniela.
Gael sacó un cuchillo de su cinturón y avanzó con cautela hacia el sonido, Daniela detrás de él.
Al doblar la esquina, vieron una figura que intentaba escapar por una ventana trasera. Gael dio un paso rápido y logró agarrar el brazo del hombre.
—¿Quién te envió? —preguntó, apretando un poco más.
El hombre, jadeando, apenas pudo responder.
—Bruno... él quiere tu lugar... y el mío.
Gael frunció el ceño con furia.
—Sabía que no podía confiar en él —dijo entre dientes.
Daniela lo miró, preocupada.
—¿Bruno? El mismo que te acusó de matar a mi hermano?
—Sí —respondió Gael—, y ahora está dejando claro que quiere más que solo el poder.
El hombre intentó liberarse, pero Gael lo sostuvo firme hasta que llegó un par de guardias para llevárselo.
De regreso al despacho, Gael cerró la puerta con fuerza.
—Esto apenas comienza —dijo—. Si Bruno está detrás del ataque, entonces todo está más enredado de lo que pensábamos.
Daniela apoyó la espalda contra la puerta y exhaló profundamente.
—Entonces tendremos que ser más astutos que él.
Gael la miró y, sin decir nada, asintió. En sus ojos había una mezcla de cansancio y determinación que Daniela apenas podía comprender.
—¿Cómo puedes estar tan tranquilo? —preguntó ella—. Después de todo lo que pasó.
—Porque sé que si no lo estoy, no sobreviviremos —contestó él—. Y todavía necesito respuestas.
Daniela se acercó, con la mirada fija en su rostro.
—Yo también.
En ese instante, un golpe seco resonó en la puerta principal. Ambos se tensaron de nuevo.
—¿Otra vez? —murmuró Daniela.
Gael se acercó a la ventana para mirar al exterior, pero no vio nada.
—No, esto fue algo más. Alguien quiere que sepamos que está aquí, que no nos olvidemos de la amenaza.
Daniela tragó saliva. La casa que antes parecía un refugio, ahora era una prisión con paredes que escondían enemigos.
—¿Quién será el próximo? —preguntó con voz baja.
Gael se giró hacia ella, serio.
—Alguien de la sangre. Alguien que no dudará en destruirnos a todos.
El silencio se instaló entre ellos, no había palabras para ese miedo. Solo la certeza de que la traición estaba más cerca de lo que imaginaban y que tenían que prepararse para lo que viniera.
La noche se cerró con una pregunta que retumbaba en sus mentes: ¿quién en la sangre de Gael había ordenado ese ataque?