Historia Abierta
Portada de Vivir o Morir por Justicia
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Capítulo 2 · ~5 min

Cómo sabe mi nombre

Daniela no podía creer que estuviera en aquella casa, la misma que había visto en tantas noticias sobre Gael Montenegro. Los muebles eran caros, el suelo de mármol brillaba bajo sus pasos y las paredes parecían guardar secretos en cada rincón. Apenas la habían dejado entrar y ya sentía que alguien la observaba desde las sombras.

Gael estaba sentado en un sillón, con la mirada fija en ella. No era el hombre herido y casi indefenso que había visto en el hospital. Allí, en la casa, su presencia imponía respeto y miedo a la vez. Tenía la mandíbula apretada y los ojos fríos, pero había algo más que Daniela no podía identificar.

—¿Sabes por qué estoy aquí? —preguntó Gael con voz baja, pero firme.

Daniela lo miró sin saber qué decir. No podía confesar que la obligaban a cuidarlo porque si él moría, ella también lo haría. Esa amenaza seguía clavada en su mente.

—Sé quién eres —continuó Gael—. Soy consciente de que eres la hermana de Tomás. Y que has sufrido mucho.

Daniela sintió que una tensión nueva le apretaba el pecho. ¿Cómo podía saber tanto? Nadie le había contado que él conocía su nombre ni que sabía de su hermano. Eso cambiaba todo.

—¿Y por qué me dices eso? —preguntó, intentando que su voz no temblara.

—Porque quiero que entiendas que no soy tu enemigo —dijo Gael mientras se levantaba con calma—. No deseo que te lastimen. Pero tampoco puedo confiar en nadie aquí.

La tensión en la habitación se hizo más palpable. Daniela no podía bajar la guardia, pero tampoco podía ignorar esas palabras. Había algo en su mirada que la confundía.

—¿Y si no quiero confiar en ti? —respondió, con cierto temblor.

Gael esbozó una sonrisa leve, casi humana.

—Entonces estamos igual —dijo—. Pero no hay muchas opciones.

La puerta se abrió de golpe y apareció Doña Inés. Su sola presencia llenó el espacio con autoridad. Caminó hacia Daniela y le dijo con voz fría:

—Aquí estarás segura, pero también vigilada. No intentes nada raro.

Daniela la observó y comprendió que cualquier intento de huida sería inútil. Estaba atrapada en una casa llena de secretos y enemigos.

Pasaron las horas y Daniela notó que Gael no dejaba de seguir cada uno de sus movimientos. A veces, sus miradas se cruzaban y el silencio entre ellos se hacía incómodo, como si ninguno supiera cómo romperlo.

En un momento, Gael se acercó y le habló casi en un susurro:

—Sé que tienes miedo. Yo también.

Daniela quiso responder, pero las palabras se atoraban en su garganta. Nunca había visto a ese hombre tan vulnerable.

La noche avanzaba y la casa parecía moverse con sus propios ruidos y secretos. Daniela se preguntaba qué más sabría Gael, qué otras verdades ocultaban esas paredes.

De repente, un ruido proveniente del piso de arriba los hizo tensarse. Gael se puso alerta, preparado para actuar.

—No te preocupes —le dijo—. No dejaré que te pase nada.

Daniela asintió, aunque no estaba segura de creerle.

Más tarde, mientras revisaba el suero que le habían puesto a Gael, Daniela notó algo extraño. El líquido tenía un color ligeramente diferente, como si alguien lo hubiera alterado. Un nudo se formó en su estómago.

—Esto no está bien —murmuró para sí.

Sabía que si Gael recibía ese suero, su vida corría peligro. Pero, ¿quién querría sabotearlo? ¿Y por qué? La pregunta quedó flotando en el aire, mientras Daniela enfrentaba la oscura realidad de que en esa casa nada era lo que parecía.

Su mirada volvió a Gael, quien parecía cansado pero alerta. La tensión entre ellos se sentía en cada gesto, en cada silencio.

—¿Quién querría hacerme daño? —preguntó Gael, sin apartar la vista de ella.

Daniela dudó un instante antes de responder.

—No lo sé. Pero alguien aquí no quiere que estés vivo.

Gael frunció el ceño y se acercó un poco más.

—¿Y tú? ¿De qué lado estás? —su voz era un susurro que parecía pesar más que cualquier amenaza.

Ella sintió que su cuerpo se tensaba, entre el miedo y la rabia.

—Estoy aquí para que sigas vivo. No para ayudarte a matar a nadie.

Gael la estudió un momento, como buscando algo en sus ojos.

—Eso espero —dijo finalmente.

Doña Inés volvió a aparecer en el pasillo, observándolos con una sonrisa fría.

—Sería mejor que descansaran —dijo—. Mañana será un día largo.

Daniela respiró profundo y se sentó en una silla cercana, tratando de ordenar sus pensamientos. El peligro no había desaparecido. Si algo en la casa estaba envenenado, no solo era el suero.

La noche siguió su curso, y Daniela sintió que cada sonido, cada sombra, la mantenía alerta. Sabía que no podía confiar en nadie, pero tampoco podía dejar de mirar a Gael, el hombre que había matado a su hermano y ahora dependía de ella para sobrevivir.

Mientras la casa guardaba sus secretos, Daniela se preguntaba cuánto tiempo más podría mantener vivo a Gael y a sí misma en ese lugar donde la traición parecía estar al acecho en cada esquina.

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