Historia Abierta
Portada de Vivir o Morir por Justicia
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Capítulo 3 · ~5 min

Veneno en casa

Daniela no podía creer lo que tenía frente a sus ojos. El frasco de suero conectado a Gael tenía un líquido que no era normal. Lo revisó con cuidado, recordando lo que había aprendido en la universidad: ciertos químicos podían causar daños graves en minutos. Su corazón latía rápido, pero no podía mostrar miedo. Tenía que actuar.

—Esto no es un error —murmuró para sí mientras desconectaba el suero con manos firmes. Gael abrió los ojos, débil, pero consciente.

—¿Qué haces? —preguntó él, con voz ronca.

—Te estoy salvando —respondió Daniela, sin levantar la vista del frasco. Sabía que el tiempo corría, y cada segundo era decisivo.

Buscó entre los suministros una solución para limpiar el veneno. No tenía mucho, pero sí lo suficiente para neutralizar el efecto. Preparó otra vía intravenosa con el líquido adecuado y lo conectó con rapidez.

—¿Quién hizo esto? —preguntó Gael con dificultad.

Daniela dudó, pero respondió con sinceridad:

—No lo sé, pero alguien aquí quiere verte muerto. Y no creo que sea un accidente.

Gael la miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. Estaba claro que el veneno venía de dentro de la casa, de alguien que tenía acceso a sus cosas.

La tensión creció en la habitación. Daniela escuchó pasos acercándose, voces que discutían y luego la voz firme de Bruno, el hombre que siempre parecía estar vigilando.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó Bruno al entrar, con ojos fríos y penetrantes.

Daniela se giró, todavía con el frasco en la mano.

—El suero de Gael estaba envenenado. Lo detecté a tiempo y lo cambié. Si no, estaría muerto.

Bruno la miró con una sonrisa cortante y luego se volvió hacia los presentes que empezaban a reunirse.

—Así que esta es la traición que hemos estado esperando —dijo en voz alta, acusándola sin pruebas.

Daniela sintió cómo todos los ojos se posaban en ella, algunos con duda, otros con acusación. Su garganta se secó, pero mantuvo la cabeza en alto.

—¿Me estás acusando? —preguntó, desafiante.

—Claro que sí —respondió Bruno—. ¿Quién más tendría motivos para envenenar a Gael? Nadie te obliga a cuidarlo, Dani. Más bien parece que quieres matarlo y salir impune.

Una mezcla de miedo y rabia la invadió. No podía permitir que la acusaran sin pruebas. Sabía que su vida estaba en riesgo, pero no podía retroceder.

—No voy a permitir que me culpes por algo que no hice —dijo con voz firme—. Estoy aquí para salvarlo, no para matarlo. Si tienes pruebas, tráelas. Si no, cállate.

Bruno dio un paso hacia ella, su mirada amenazante. Pero antes de que pudiera decir algo más, Gael tosió y habló con voz débil pero clara.

—Bruno, basta. No es hora de peleas estúpidas. Dani salvó mi vida. Lo sabe todo el mundo.

El ambiente se volvió más tenso aún. Bruno apretó los puños, pero retrocedió. Daniela aprovechó para buscar apoyo en los demás. Necesitaba aliados, aunque fueran pocos.

—No puedo quedarme callada —dijo una voz desde la esquina—. Dani hizo lo correcto. Y si alguien quiere hacerle daño, es porque sabe algo que no debería.

Era una de las personas de confianza de Gael, una mujer que siempre había mostrado respeto hacia Daniela. Esa pequeña muestra de apoyo le dio fuerza.

—¿Entonces quién fue? —insistió Daniela—. ¿Quién tiene acceso a miero y pudo hacer esto?

—Eso tendremos que descubrirlo —respondió Gael, recuperando algo de fuerza—. Pero no será culpa de Dani.

Bruno se alejó, murmurando algo sobre traiciones y deslealtades. Daniela respiró hondo, pero sabía que la acusación no quedaría ahí. Bruno iba a usar esa situación para hacerle daño. Su vida peligra más que nunca.

Se quedó junto a Gael, vigilando que su respiración fuera estable. El veneno estaba neutralizado, pero las heridas eran más profundas de lo que parecía. No solo físicas, sino en la confianza y en el ambiente que se respiraba en aquella casa.

—Gracias —susurró Gael, abriendo los ojos para mirarla.

Ella le devolvió la mirada, sin palabras. Sabía que no era momento para palabras suaves, sino para estar alerta.

La noche apenas comenzaba, y la amenaza crecía. Daniela entendió que, para sobrevivir, tendría que enfrentar no solo el peligro físico, sino también las mentiras y traiciones que la rodeaban.

—¿Qué harás ahora? —preguntó Gael con voz débil.

—No lo sé —respondió ella—. Pero sé que no puedo confiar en nadie más que en mí misma, y quizás en ti. Aunque eso sea lo más difícil de aceptar.

En ese instante, la puerta se abrió de golpe y Bruno volvió a entrar, esta vez con más gente que parecía lista para tomar partido. Su mirada era más dura que antes.

—Esta casa no es segura para traidores ni para farsantes —dijo—. Y Dani acaba de demostrar que puede ser cualquiera de las dos cosas.

El aire se volvió denso y pesado. Daniela sintió que estaba en el ojo del huracán, rodeada de enemigos que no ocultaban sus intenciones.

—¿Vas a dejar que me maten? —le preguntó Gael, con la voz débil pero urgente.

Ella apretó los dientes, sin saber si la respuesta sería afirmativa o negativa.

—No —dijo al fin—. No mientras pueda hacer algo.

Pero la pregunta seguía en el aire: ¿Quién en esa casa había intentado matarlo? Y, sobre todo, ¿qué haría Bruno para aprovechar esa acusación y ponerla en peligro a ella también?

Capítulo 3 de 20

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