Capítulo 4 · ~5 min
El espejo roto
Eduardo estaba solo en su habitación cuando decidió mirar el espejo que colgaba sobre su cómoda. Desde hacía días, ese espejo le parecía extraño, como si mostrara algo más que su reflejo. Se acercó con cautela y, al mirarse, notó una sombra detrás de él en el cristal, aunque no había nadie en la habitación.
Su pulso se aceleró. Se giró rápido, esperando ver a alguien, pero solo encontró el vacío de la habitación. Volvió a mirar el espejo y la sombra ya no estaba. Trató de convencerse de que era su imaginación, pero algo lo inquietaba.
—¿Qué demonios pasa aquí? —susurró, mirando el espejo con desconfianza.
Extendió la mano para tocarlo. Al contacto, una vibración leve recorrió su piel, tan sutil que casi dudó si la sintió. Retrocedió, con la mano temblando.
Esa noche no logró dormir. La imagen del espejo y la sombra lo atormentaban. Se levantó, caminó hasta el espejo con una linterna en mano y apuntó hacia la superficie. Para su sorpresa, vio que estaba agrietado. No recordaba que el espejo estuviera así.
—¿Cuándo se rompió esto? —dijo en voz alta, como si esperar que alguien respondiera.
Mientras examinaba las grietas, algo aún más extraño sucedió. Su reflejo comenzó a actuar distinto. Cuando levantaba la mano derecha, el reflejo levantaba la izquierda. Eduardo se quedó paralizado. La expresión de ese reflejo era triste, casi suplicante.
—No puede ser —murmuró, dando un paso atrás.
De pronto, el reflejo habló con una voz tenue, casi un susurro.
—No me ignores.
Un frío intenso le recorrió la espalda. El reflejo empezó a mostrar imágenes rápidas: fragmentos de su infancia, momentos que había olvidado y rostros desconocidos que lo miraban con tristeza.
—¿Quién eres? —preguntó con la voz temblorosa.
—Soy lo que temes ser —respondió—. Vine a mostrarte la verdad que escondes.
La habitación pareció girar alrededor de Eduardo. Quiso apartar la mirada, pero no pudo. Las imágenes mostradas eran cada vez más claras y dolorosas.
Al día siguiente, llamó a Marcos y le contó lo que había visto. Marcos, aunque escéptico, decidió ir.
Cuando llegó, Eduardo le mostró el espejo roto y le explicó lo del reflejo invertido y la voz. Marcos tocó el espejo y sintió la misma vibración.
—Esto no es normal —dijo Marcos—. Algo extraño está pasando en tu casa.
Eduardo asintió, pero una parte de él temía que no fuera solo el lugar, sino algo dentro de él.
Pasaron la tarde buscando pistas sobre el edificio. Encontraron registros antiguos de una familia que vivió allí hace décadas y desapareció sin dejar rastro.
—Quizás esto tiene relación con ellos —dijo Marcos—. Algo quedó atrapado aquí.
Eduardo miró de nuevo el espejo. La sombra apareció otra vez, esta vez suplicando ayuda.
—¿Qué quieres de mí? —preguntó Eduardo.
—Que enfrentes tus miedos —respondió la figura—. Solo así podrás liberarte.
Eduardo sintió que estaba por perder el control. Pero también supo que debía seguir adelante, sin importar lo que descubriera. Miró a Marcos y dijo:
—No puedo solo. Necesito tu ayuda.
Marcos asintió sin dudar. Sabían que lo que venía sería difícil, pero no podían retroceder.
El espejo roto ya no solo reflejaba una imagen distorsionada. Mostraba el comienzo de una verdad que Eduardo debía enfrentar. ¿Qué secretos ocultaba ese reflejo? ¿Lograrían Eduardo y Marcos descubrirlos antes de que fuera demasiado tarde?
Marcos se quedó mirándolo fijamente, con el ceño fruncido.
—¿Y si esto es algo peligroso? —dijo—. No sabemos qué clase de cosas pueden salir de ahí.
—No tengo otra opción —respondió Eduardo—. Esto no es solo un espejo roto. Es una puerta.
—¿Una puerta? —Marcos levantó una ceja—. ¿A dónde?
—No lo sé —confesó Eduardo—. Pero si no la cruzo, esto me va a consumir.
Marcos se pasó la mano por el cabello y luego señaló el espejo.
—¿Quieres que te ayude a descubrir qué es? Pero si algo sale mal, no puedo prometer nada.
—Lo sé —dijo Eduardo—. Pero necesito alguien que esté conmigo. No quiero enfrentar esto solo.
Los dos se miraron por un momento. Marcos respiró hondo y finalmente asintió.
—Entonces, hagámoslo.
Eduardo sintió una mezcla de miedo y alivio. Se acercaron al espejo juntos. Eduardo tocó las grietas y esta vez la vibración fue más fuerte, casi eléctrica. El reflejo volvió a aparecer, pero ahora parecía más definido, casi real.
—¿Estás listo? —preguntó Marcos.
—No —respondió Eduardo—, pero ya no puedo echarme atrás.
El reflejo habló otra vez.
—Mira bien. Enfrenta lo que escondes.
Eduardo sintió que una parte de sí mismo se rompía, como si el espejo no solo mostrara su imagen, sino también sus secretos más profundos. Marcos puso una mano sobre su hombro.
—Vamos a hacerlo juntos.
Los dos se quedaron mirando el espejo, sabiendo que ese momento cambiaría todo. Algo más estaba al otro lado, esperando.
—¿Qué será eso? —susurró Eduardo.
—No lo sé —respondió Marcos—, pero lo vamos a descubrir.
La sombra en el espejo volvió a moverse. Eduardo dio un paso adelante, con la mano temblando, listo para enfrentar lo que viniera.