Capítulo 3 · ~5 min
Voces que no deberían estar
Eduardo se recostó en el sofá, intentando que el silencio le diera un respiro. Cerró los ojos, pero justo cuando empezaba a relajarse, un susurro le rozó el oído. Era tan leve que dudó si lo había imaginado. Se incorporó de repente y miró a su alrededor. Todo estaba en orden, pero la sensación extraña en el pecho seguía ahí, firme y molesta.
Trató de distraerse pensando en la universidad, en sus amigos o en la serie que veía, pero las voces regresaron. Esta vez eran más claras. Susurraban su nombre con un tono frío y distante. "Eduardo..." repetían, como si alguien quisiera que escuchara algo importante. Él se tapó los oídos, intentando apagar ese ruido invisible que le seguía a todos lados.
—¿Me estoy volviendo loco? —susurró sin esperar respuesta.
Los días que siguieron fueron difíciles. En la escuela, apenas podía concentrarse y sus compañeros notaban que estaba distraído. En casa, las voces crecían en intensidad y frecuencia. Lo llamaban justo cuando se sentaba a estudiar o cuando estaba a punto de dormir.
Una noche, mientras repasaba apuntes en su escritorio, escuchó claramente una voz que le dijo:
—Mira detrás del cuadro.
Un frío recorrió su cuerpo y se levantó con cuidado. Se acercó al cuadro que colgaba en el pasillo, uno que llevaba años ahí y que nunca había llamado su atención. Con las manos temblorosas, lo retiró y encontró un nicho oculto en la pared. Dentro había un cuaderno viejo, cubierto de polvo y con la tapa gastada.
Lo tomó con cuidado y abrió las páginas. Estaban llenas de anotaciones, dibujos extraños y palabras que no entendía del todo, pero parecía que hablaban de algo escondido en su casa. Eduardo sintió el pecho apretado. ¿Quién había dejado ese cuaderno ahí? ¿Por qué las voces lo guiaban hacia ese lugar?
Esa misma noche, las voces cambiaron. Ya no eran solo susurros, sino frases completas que parecían contarle una historia o advertirle de un peligro. Pero cuanto más intentaba entender, más confundido se sentía. Sus pensamientos se mezclaban con las voces, y no sabía qué era real y qué no.
Cuando Marcos lo visitó unos días después, notó el cambio. Eduardo tenía ojeras profundas y un brillo extraño en la mirada.
—¿Qué te pasa? —preguntó Marcos, preocupado.
—No sé... escucho cosas, veo cosas que no están —dijo Eduardo en voz baja—. Creo que estoy perdiendo la cabeza.
Marcos se sentó a su lado y tomó el cuaderno.
—¿Y esto? ¿Lo encontraste en la pared? ¿Qué es?
—No lo sé. Pero siento que todo está conectado. Las voces, el cuaderno, esta casa...
Pasaron horas revisando el cuaderno, buscando pistas o explicaciones normales. Pero cada página abría más preguntas.
Eduardo empezó a dudar de sí mismo. ¿Sería posible que estuviera perdiendo la razón? Las voces no lo dejaban en paz, y la sensación de ser observado era constante. A veces, en los momentos más tranquilos, sentía que alguien lo estudiaba desde las sombras.
—No puedo seguir así —confesó una noche—. Tengo que entender qué está pasando.
Marcos asintió, decidido a ayudarlo. Sabían que no podían quedarse quietos. Pero una duda se quedó en la mente de Eduardo: ¿y si la verdad que buscaban era peor que el miedo?
Esa noche, Eduardo cerró la puerta con llave y se sentó frente al cuaderno, esperando que las voces le dijeran algo más claro. Pero esta vez no fueron palabras, sino una pregunta que lo dejó helado:
—¿Hasta dónde llegarás para descubrir lo que no deberías saber?
Eduardo se quedó paralizado, mirando la página en blanco frente a él. El aire en la habitación parecía más denso, y el susurro se repitió, apenas audible, como un eco en su cabeza.
—¿Qué significa eso? —murmuró, con la voz temblorosa.
Marcos, que había decidido quedarse esa noche, se acercó y puso una mano en su hombro.
—No estás solo, Eduardo. Lo enfrentaremos juntos.
Pero Eduardo sintió que esa promesa era frágil. Las voces parecían saber más de lo que podían imaginar. Su amistad con Marcos era lo único que le daba calma, pero también temía arrastrarlo a ese mundo que se abría ante él.
Pasaron minutos en silencio, solo interrumpidos por el sonido del reloj y el leve crujido de la casa. Eduardo volvió a hojear el cuaderno. Algunos dibujos parecían mapas o símbolos extraños. En una nota, encontró una frase que le heló la sangre: "Lo que está oculto no quiere ser encontrado".
—¿Crees que alguien más sabe de esto? —preguntó Eduardo.
—No lo sé —respondió Marcos—, pero si esas voces son reales, debemos descubrir qué quieren.
Eduardo se recargó en la mesa y cerró los ojos. Un susurro volvió a sonar, esta vez más cerca, como si alguien estuviera detrás de él.
—Mira dentro de ti —dijo la voz.
Se giró rápido, pero no vio a nadie. El miedo le apretó el pecho, pero esta vez decidió no dejar que lo paralizara.
—¿Qué quieres de mí? —exigió.
Silencio. Solo el latido acelerado de su corazón.
Marcos lo miró con seriedad.
—Esto es más grande de lo que pensábamos.
Eduardo asintió y cerró el cuaderno con fuerza.
—No sé si estoy listo para esto, pero no puedo ignorarlo más.
La noche avanzó y las voces no volvieron, pero la pregunta quedó flotando en el aire. Eduardo sabía que lo que descubriera a continuación podría cambiarlo todo, pero también que el miedo apenas comenzaba a mostrar su verdadero rostro.
Capítulo 3 de 5
Te quedan 2 capítulos más de esta historia.
El capítulo continúa…
Léela en tu celular Android
Escanea el código o copia el enlace: se abre la app en este capítulo.