Historia Abierta
Portada de Sombras en la Rutina
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Todas las edades

21

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Capítulo 2 · ~4 min

Sombras en la ventana

Eduardo se despertó sobresaltado en medio de la noche. Había un ruido seco, como si algo golpeara contra la ventana de su cuarto. Se levantó sin prender la luz, con el corazón latiendo fuerte. Se acercó al vidrio y no vio nada, solo la calle vacía y oscura.

Pero el silencio volvió a romperse. Esta vez fue un golpecito más suave, constante, como si alguien tocara con los dedos sobre el cristal. Eduardo retrocedió, pero no pudo evitar mirar otra vez. En el reflejo de la ventana vio una sombra que no correspondía a ninguna figura en la habitación.

—¿Hola? —susurró, aunque sabía que nadie le respondería.

Intentó convencer a su mente de que era su imaginación. Que el miedo de la noche pasada lo estaba afectando más de lo que quería admitir. Pero cuando volvió a mirar, un objeto sobre la mesa de luz estaba en un lugar diferente.

Eso no podía ser casual.

Se acercó y tocó el libro que había dejado allí esa mañana. Ahora estaba al borde, casi por caer. Eduardo frunció el ceño. No recordaba haberlo movido.

Pensó en llamar a Marcos, pero sabía que él no estaría disponible a esa hora. Decidió esperar hasta la mañana. Mientras tanto, se sentó en la cama y trató de calmar su respiración.

Un nuevo ruido llamó su atención. Esta vez venía del baño. Pasos lentos, como si alguien caminara de puntillas. Eduardo se levantó y fue hacia la puerta. La abrió despacio y no encontró a nadie.

Volvió a su cuarto y echó un vistazo rápido por toda la habitación. Nada fuera de lugar, salvo el libro que seguía al borde de la mesa.

—Esto no tiene sentido —murmuró para sí.

Pero el miedo crecía. No era solo la sombra o los ruidos. Era la sensación de que alguien estaba allí, observándolo, esperando el momento justo para aparecer.

A la mañana siguiente, Eduardo decidió cambiar la cerradura de la puerta principal. No quería que nadie pudiera entrar sin permiso. Cuando el cerrajero terminó, le preguntó si había tenido problemas.

—No exactamente —dijo Eduardo, dudando en contarle todo—. Solo algunos ruidos extraños.

El cerrajero le aconsejó revisar las ventanas y asegurarse de que estuvieran bien cerradas.

—A veces, los ruidos vienen del viento o de ramas que golpean —explicó—. Pero si siente que algo no está bien, mejor estar seguro.

Esa tarde, mientras trabajaba en su computadora, Eduardo notó que la lámpara de su escritorio se movía ligeramente, como si una brisa invisible la tocara. Se levantó y la ajustó, pensando que era un problema eléctrico.

Cuando volvió a sentarse, escuchó un susurro. Esta vez fue claro: su nombre.

—Eduardo... —la voz parecía salir de todos lados y de ninguno al mismo tiempo.

Se levantó de golpe y fue hasta la ventana. Miró hacia afuera, pero no vio a nadie. La calle estaba vacía.

—¿Quién está ahí? —gritó, pero solo recibió silencio como respuesta.

Se sentó de nuevo, tratando de juntar fuerzas. Abrió el libro que estaba sobre la mesa de luz y leyó algunas páginas para distraerse. Pero las palabras parecían borrosas, como si alguien hubiera pasado la mano sobre el texto.

Sintió que la habitación se enfriaba, y un escalofrío recorrió su espalda. No era solo miedo, era algo más profundo, una presencia que no podía explicar.

Pasó el resto de la noche sin poder dormir. Cada vez que cerraba los ojos, veía sombras moviéndose en la ventana y escuchaba susurros que no lograba entender.

Al amanecer, tomó su teléfono y llamó a Marcos.

—Marcos, necesito que vengas —dijo sin rodeos—. Esto no es normal.

—¿Otra vez tus fantasmas? —respondió Marcos con una risa nerviosa.

—No es broma. Hay algo extraño en mi casa. Por favor, ven.

Mientras esperaba, Eduardo miró por la ventana y vio una sombra que se desvanecía justo cuando Marcos llegó.

—Te juro que no estoy loco —dijo Eduardo—. Algo pasa aquí.

Marcos entró y se quedó en silencio. De repente, la lámpara volvió a moverse y un susurro cruzó la habitación.

—¿Lo escuchaste? —preguntó Eduardo.

Marcos asintió, serio por primera vez.

—Esto va más allá de un juego —dijo—. Tenemos que descubrir qué es.

La sensación de estar atrapado crecía en Eduardo. No sabía si era miedo, o si estaba perdiendo la razón. Pero una cosa estaba clara: algo invisible estaba alterando su vida, y no iba a detenerse.

—¿Y si no podemos detenerlo? —susurró Eduardo más para sí mismo que para Marcos.

Marcos lo miró fijamente.

—Entonces tendremos que aprender a vivir con eso. Pero primero, averigüemos qué es.

La casa ya no era un refugio. Era un laberinto de sombras y sonidos que desafiaban la lógica. Y Eduardo estaba solo en medio de ese misterio que se hacía cada vez más real y aterrador.

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